ARTÍCULO PUBLICADO EN EL UNIVERSAL ( GUAYAQUIL, ECUADOR )

 

En el concierto de Ilegales, que se ofreció el pasado viernes en el Jardín de la Salsa, los fanáticos que se subían al escenario se confundían con los integrantes de la banda española.

Al concierto que dio el grupo el pasado viernes, en el Jardín de la Salsa, asistieron 3.000 personas.

Los primeros en la fila eran personas que habían visto el último y único concierto de los Ilegales en la ciudad hace 16 años. Llegaron a las 18h30 con el afán de estar más cerca del escenario en el cual cantaría la banda española Ilegales.

Las dos colas, que se formaron fuera del Jardín de la Salsa, la noche del pasado viernes, se extendían a más de 150 metros. Una hora después de  que se anunció el concierto (20h00), se mantenían las filas. Los fanáticos esperaban con estoicismo la apertura de las puertas del local.

El problema era que los administradores del escenario  querían que el organizador del espectáculo pagara el alquiler del sitio por anticipado. A las 21h12 se solucionó el folclórico inconveniente –solo aquí se castiga al público por desacuerdos entre los que montan un espectáculo–. Pero allí no quedó la espera, recién a las 22h03 apareció el grupo telonero La Ola. Luego participó la banda Agente 86. Cada conjunto interpretó tres temas.

Fue a las 22h49 cuando apareció Jorge Martínez, el vocalista y guitarrista de Ilegales, y con el primer acorde de El Norte está lleno de frío provocó el delirio de las 3.000 personas que se hallaban en el lugar. Pero ese también fue el inicio del espectáculo de los exhibicionistas que subían al escenario a contorsionarse para luego volver a lanzarse sobre la muchedumbre.

En la parte posterior de la pista, un letrero que decía “en este concierto estamos unidos por la paz” no lograba atrapar la atención del público.

Luis Ayala, de 27 años, no estaba en el tumulto al pie del escenario, prefirió ponerse a un costado y tenía en sus hombros a su hijo de tres años. “A mí nunca me trajeron a un concierto y yo quiero que el niño vaya disfrutando desde chico de la buena música”, mientras el pequeño Luis levantaba el puño con los acordes y los efectos de distorsión de la guitarra Fender de Jorge Martínez.

Pasó Hombre solitario, Hago mucho ruido y Enamorados en Varsovia, cuando otro emocionado fanático se paseó por el escenario y desconectó la guitarra de Martínez. “Espero que os dejéis de tonterías” dijo el carismático vocalista y explicó que no volvería a tocar ese tema porque no le gusta repetir canciones.

Siete guardias de seguridad privada tomaron medidas para echar a la gente que se subía al escenario hasta que Martínez dijo que “estaba harto de las bailarinas. Yo vine a tocar, no a ver bailarinas paseándose por el escenario”.
Durante tres canciones más nadie se subió a molestar a los artistas.

Las canciones fluían con la voz idénticas a aquel encuentro de hace 16 años en el estadio Modelo. Cómo me gustan las anfetaminas, Tiempos nuevos tiempos salvajes, Soy un macarra, Hola mamoncete, Perjudicial, Quiero ser millonario, La casa del misterio, Bestia bestia, Problema sexual, en fin, las canciones iban una tras otra y con pocas intervenciones de Martínez. Fueron en total 31 composiciones que dejaron al público tan agotado para el baile y el griterío.

El final con Destruye enloqueció a la gente, que por suerte no encontró nada que destruir. Pero desde que inició el show y lentamente, llenaron ese espacio imaginario que dividía a la pista de general. Eran las 00h48 de ayer y los rostros de los treintañeros que, en su mayoría estaban en el concierto, salieron satisfechos. Ilegales apeló a lo artístico más que a lo polémico, y le ganó la batalla a las bailarinas.

 

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