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Ilegales en Ecuador o Tester de violencia


Mientras Los Ilegales tocaban en la plaza de toros de Quito, en los alrededores del concierto: las corridas, los toletazos y los gases lacrimógenos eran parte del espectáculo brindado por la policía.
 

Los aerosoles aparecieron detrás de las rejas para hacer llorar a quienes no contaban con el dinero suficiente para ingresar al concierto. Los punks que querían ver a los españoles se sentían impedidos de ingresar a su propia casa. Comenzaron a volar las botellas, la represión policial se fue acrecentando. Los aerosoles, los toletes y los gases lacrimógenos hicieron correr a la gente. Algunos aprovecharon la distracción de la policía, que se preocupaba por reprimir a los de la puerta principal, y encontraron algún hueco de ingreso lateral.

Finalizado el concierto, nuevamente los gases. Algunos salían de la plaza convertidos en toros. El mosh interno no había sido suficiente y esperaban una mirada para interpretar la provocación. Los azulados repartían gases mientras esquivaban botellas. Los ojos llorosos, el gusto tóxico en la boca, la piel ardida y la esperanza de que no caiga algo duro del cielo, eran las sensaciones experimentadas por muchos de los que corrían sin entender bien por qué. Cuando un par de miradas provocadoras se cruzaban, sus portadores se enredaban en puñetes. A dos cuadras de donde Los Ilegales habían estado contándole a la gente por que son unos macarras, un moreno era golpeado por diez personas.


¿Qué pasa con el Rock?
El movimiento siempre se ha caracterizado por la crítica a los abusos y las injusticias de la sociedad. Esa energía de descontento que brota y se expresa en una de las vetas más instintivas del arte. Uno de los problemas es que algunos hacen su propia interpretación del rock y del modo de disfrutar de un concierto. Cogen sus cuchillos, pasan a buscar al amigo con mejor record en batallas ganadas y llegan con intenciones de convertirse en los protagonistas principales de la jornada, sin importarles quienes sobre el escenario intentan brindar un espectáculo y quienes quieren disfrutarlo sin necesidad de llamar la atención con violencia.

La policía ha sido en la historia uno de los problemas más difíciles del rock. Si el rock desde su postura contestataria es el cuestionamiento de las falencias y la injusticia del Status Quo, la policía es la defensa armada de las actuales condiciones de vida. Los que están afuera y no pueden ingresar al concierto, observan como policías uniformados se encuentran del lado de adentro impidiendo su ingreso. Comienzan los roces y los uniformados acuden de inmediato a la acción que parecen haber estado esperando con mucha ansiedad, a los que están cerca con tolete y aerosol, a los otros con los tóxicos gases para que corran y se vayan lejos si no la quieren pasar peor.
El concierto de los Ilegales, tan esperado por muchos, seguramente dejó satisfecha a mucha gente que por fin pudo escuchar en directo muchos clásicos de la trayectoria de estos españoles. Este año hubo algunos conciertos de bandas de rock extranjeras como Barón Rojo, Helloween o 2 Minutos, también se concretaron festivales con la presencia de muchos grupos locales como la “Fiesta de la música” que se celebró en Cuenca, Guayaquil y Quito. En estos conciertos prácticamente no se registraron disturbios. Ojalá que lo ocurrido en las inmediaciones de La Plaza de Toros el sábado cuatro, no se repita en los próximos conciertos. Para algunos, estos incidentes ocurren porque la gente está desacostumbrada a acudir a grandes conciertos de grupos internacionales, para otros, es el reflejo de la situación social que se vive en el país y la expresión (quizás inconsciente) del descontento general, sumándole a todo esto, la intolerancia de la policía.

 

 

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